

¿Quién puede matar a un niño?
Una pareja de turistas ingleses llega a la isla de Almanzora, frente a la costa mediterránea española, donde descubren que en un pequeño pueblo de pescadores no hay adultos, sólo unos niños que les miran fijamente y sonríen de forma misteriosa.
Dirección
Chicho Ibáñez Serrador
Guion
Chicho Ibáñez Serrador
Estreno
1976-04-26
Duración
112 min
Clasificación
18
Idiomas
Deutsch, Español, English
Dónde verlo
Incluido en suscripción




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Datos de JustWatch vía TMDB · Disponibilidad en España
Sinopsis
Una pareja de turistas ingleses llega a la isla de Almanzora, frente a la costa mediterránea española, donde descubren que en un pequeño pueblo de pescadores no hay adultos, sólo unos niños que les miran fijamente y sonríen de forma misteriosa.
Temas
Reparto principal
16 actores
Lewis Fiander
Tom

Prunella Ransome
Evelyn

Antonio Iranzo
Crying Child Father

Miguel Narros
Coastguard
María Luisa Arias

Marisa Porcel
Beach House Mother

Juan Cazalilla

Luis Ciges
Postman Enrique Amorós

Antonio Canal
Aparicio Rivero
Male Nurse

Fabián Conde
Camera Shop Clerk
Andrés Gómez
Maria Druille
Crying Child
Lourdes de la Cámara
Child
Roberto Nauta
Child
José Luis Romero
Child
Reseñas
Marco-Hugo Landeta Vacas
octubre de 2025
(CASTELLANO) Hay películas que consiguen perturbar sin necesidad de grandes efectos, y ¿Quién puede matar a un niño? es una de ellas. Desde ese prólogo tan duro, con imágenes reales de guerras y niños víctimas de la barbarie adulta, Chicho Ibáñez Serrador deja claro que no busca asustar por el susto, sino incomodar. Lo que plantea es mucho más profundo: nos obliga a mirar de frente la violencia que sembramos como sociedad y que, de algún modo, puede volver contra nosotros. La elección del escenario no puede ser más brillante. Una isla mediterránea bañada por el sol, con casas blancas y mar azul, donde la calma se convierte poco a poco en amenaza. En un entorno tan luminoso, el horror parece fuera de lugar, y por eso duele más. Los niños ríen y juegan, pero esas risas se van volviendo extrañas, casi crueles, como si la inocencia hubiera sido arrancada de raíz. Serrador construye la tensión con precisión y sin prisas. Cada silencio pesa, cada mirada inquieta. La música de Waldo de los Ríos, con esas voces infantiles distorsionadas, termina de crear un ambiente que roza lo enfermizo. Es un terror que no grita, sino que se mete dentro, que te deja mal cuerpo sin mostrar casi nada. La película tiene ecos de Hitchcock y del mejor cine fantástico de los setenta, pero con una identidad muy suya. Es verdad que el paso del tiempo se nota en algunos detalles, pero su fuerza simbólica sigue intacta: los niños son el reflejo más cruel de lo que los adultos les hemos enseñado. Y ese es, quizá, el mayor logro de ¿Quién puede matar a un niño?: su capacidad para incomodar, para obligarte a pensar más allá del miedo. No es una historia de monstruos, sino una advertencia. Un espejo moral disfrazado de pesadilla solar. Casi medio siglo después, sigue siendo igual de angustiosa y única. (ENGLISH) There are films that manage to disturb without resorting to grand effects, and Who Can Kill a Child? is one of them. From its brutal prologue, filled with real images of wars and children caught in the cruelty of adults, Chicho Ibáñez Serrador makes it clear that he isn’t out to scare for the sake of scaring. His goal is far deeper: he wants us to confront the violence that humanity sows, the one that might eventually turn against us. The choice of setting couldn’t be more inspired. A Mediterranean island bathed in sunlight, with whitewashed houses and a calm blue sea — a place where serenity slowly becomes menace. In such a bright environment, horror feels misplaced, and that’s precisely why it hits harder. The children laugh and play, but their joy becomes eerie, their innocence slowly replaced by something darker. Serrador builds tension with precision and patience. Every silence feels heavy, every glance unsettling. Waldo de los Ríos’s haunting score, with its twisted echoes of children’s voices, deepens the sense of sickness. It’s not a loud kind of horror, but one that seeps under your skin and lingers long after. The film carries hints of Hitchcock and the best of 1970s European horror, yet maintains its own unmistakable identity. Time has aged some of its details, yes, but its symbolic strength remains intact: these children are mirrors reflecting everything adults have taught them — the worst of us. And that’s perhaps its greatest triumph: the ability to disturb without cheap tricks, to make you think beyond fear itself. Who Can Kill a Child? isn’t about monsters; it’s a moral fable disguised as a sunlit nightmare. Nearly fifty years later, it’s still as unsettling and unique as ever.













